La noche de los cristales rotos – ( ” KRISTALLHACHT ” )

 

– La noche de los cristales rotos –

( ” KRISTALLHACHT ” )

 

 

Si hay sucesos infundados o tergiversados por La Famosa Propaganda ( de guerra ) en el ciclo de la S. G. M. ( o continuación de La Gran Guerra Mundial ) es sin duda lo que se conoce como la noche de los cristales rotos ¨ o cuchillos largos ¨ ; donde se han vertido ríos de tinta para promocionar la difamación y perturbar a la opinión pública internacional ; que como hoy desconocen en su mayoría que están gobernados por marionetas de la política y atiborrados de adoctrinamiento sionista de La Masonería. Es decir lo que efectuaban los criminales de perfiles judíos era luego endosado al supuesto enemigo de guerra o aquel que no aceptaba a La Masonería ( el Talmud, con el auxilio de La Banca Judía Internacional ).

 

 

 

En ese mismo año de 1937 —dos años antes de la guerra— el embajador norteamericano William C. Bullit se enteraba de que ” fueron cerradas diez mil iglesias en Rusia… Se afirma que la NKVD cuenta en estos momentos con 600,000 hombres. Hasta el Ejército Rojo —añade en “Amenaza Mundial”— está sujeto a su control. En los campos de concentración y cárceles de la NKVD él número de prisioneros “no habrá sido nunca inferior, durante los pasados 15 años, a 10 millones, trabajando medio hambrientos “.
El sacerdote Walsh, que formando parte de una misión de ayuda social había estado
dos años en la URSS, informó pormenorizadamente a Roosevelt de la forma en que eran perseguidas las religiones en Rusia. Sin embargo un velo de indulgente silencio oficial se tendía sobre estos hechos. Pero muy distinta había sido la actitud de Roosevelt cuando en julio de 1935 las autoridades alemanas habían capturado a varios israelitas conectados con el golpe de estado que Yon Rundstedt hizo fracasar.
Y sobre todo, el disgusto de Roosevelt adquirió proporciones de ira cuando en noviembre de 1938 Alemania impuso una multa de 400 millones de dólares a la Comunidad Israelita, como represalia por el asesinato del diplomático alemán Ernest Yon Rath, consumado en París por el judío Herschel Grynszpan. Ciertamente qué hubo también sinagogas dañadas y cristales rotos en los comercios., judíos (tanto que el suceso es conocido como “la noche de cristal“), pero el gobierno alemán impidió que la indignación degenerase en ataques personales contra los hebreos.

Roosevelt se apresuró entonces a decir (15 de noviembre de 1938): ” Apenas puedo creer que esas cosas ocurran en la civilización del siglo XX ” [ Pues si quería mantener su poltrona de cuero y comer pavo todas las semanas, debía y necesitaba expresar estas frases fáciles ]..  Cosas mil veces peores que multar con 400 millones de dólares a una comunidad judía —poseedora entonces de 3,200 millones de dólares en Alemania-— estaban ocurriendo en la URSS y en España, pero de eso no se hablaba. Para la camarilla de Roosevelt era un delito inconmensurable que Hitler enviara a campos de concentración a cientos de agitadores bolcheviques, pero le parecía natural e inobjetable que el Kremlin encarcelara a millones de anticomunistas y que en España las “cheleas” asesinaran en grande escala. El marqués Merry del Val dirigió una carta a Roosevelt preguntándole por qué no mostraba ninguna compasión hacia los millares de católicos españoles asesinados por las brigadas internacionales bolcheviques, y naturalmente Roosevelt no dijo por qué.
A raíz de la multa impuesta a la comunidad judía de Alemania, Roosevelt retiró a su embajador Hugh Wilson y alentó a Inglaterra a declarar combinadamente una guerra comercial contra el Reich.
El primer paso para la ruptura y para la guerra armada se había dado ya.

A continuación Roosevelt agregó que :

“las tempestades en el extranjero amenazaban directamente a tres instituciones indispensables para los americanos, la religión, la democracia y la buena fe internacional”.

Era extraordinario que Roosevelt —masón 33— presentara a Alemania como un peligro para la religión y que nada dijera respecto a la URSS. Berlín acababa de firmar el 20 de julio de 1933 un Concordato con el Vaticano, que incluso concedía libertad completa a las escuelas confesionales, cosa que rige en muy contados países. Además, Hitler proclamaba enfáticamente que “las doctrinas e instituciones religiosas de un pueblo debe respetarlas el Führer político como inviolables… Los Partidos políticos nada tienen que ver con las cuestiones religiosas”. Y en contraste con todo esto, en Rusia estaba prohibida la enseñanza religiosa para jóvenes que no hubieran cumplido los 18 años período durante el cual el Estado les inculcaba un profundo sentimiento ateísta, concretado en la conocida frase leninista de que “la religión es el opio del pueblo”.
Era igualmente extraordinario que Roosevelt presentara a Alemania como una amenaza para la democracia y nada dijera de la URSS, en donde el sistema dictatorial era primitivo y sangriento, con el agravante de que no se trataba de una dictadura instaurada pacíficamente mediante plebiscito —como la de Hitler—, sino mediante purgas sangrientas.

Y también era extraordinario que Roosevelt se refiriera a Alemania como “amenaza a
la buena fe internacional” —a pesar de que la política alemana se orientaba específicamente contra la URSS—, y que el Propio Roosevelt enmudeciera ante la bien clara intención bolchevique de imponer su sistema de gobierno a todo el orbe. El primer paso en este sentido lo dio el marxismo al integrar la Tercera Internacional Comunista en todos los países de Occidente. Y estas células, avanzadas de la “revolución mundial”, ostentaban públicamente los símbolos bolcheviques (bandera roja, hoz, martillo y canto de la Internacional) y recibían instrucciones del Kremlin.

Según podrá ratificarse luego con innumerables pruebas, Roosevelt se hallaba ligado
estrechamente a intereses judíos y era ésta la causa —oculta e inconfesable— de que protestara vehementemente cuando en Alemania rompían los cristales de los comercios judíos y de que a la vez guardara silencio acerca de las matanzas de cristianos que se realizaban en Rusia. En el primer caso se trataba de un incidente incruento, pero de honda significación antisionista, y en el segundo de un fanático afianzamiento del marxismo judío.
Cuando los nazis multaban con 400 millones de dólares a la Comunidad Israelita por el asesinato de un diplomático, Roosevelt se indignaba y decía que apenas podía creerse que tales cosas ocurrieran en el siglo veinte, pero con benevolente silencio, pasaba de largo las matanzas que padecía el pueblo ruso bajo el régimen judíomarxista.
El líder comunista español Víctor Serge huyó de Rusia indignado de esas carnicerías humanas y refirió que muchos de los acusados admitían ser culpables para salvar a sus familias. “Muchos más —dice en “Hitler contra Stalin”— se indignan y acusan: sus gritos son  ahogados en las cárceles o se les fusila sin proceso alguno. El número de fusilados asciende  probablemente a cien mil. Jamás ningún Estado ha destruido sus cuadros con semejante  ensañamiento y de una manera tan completa. Gobierno y comités han sido renovados por  lo menos dos veces en dos años. Tan sólo el Ejército perdió 30,000 de los 80,000 oficiales”.
Estos desmanes, peores que apedrear vitrinas, también ocurrían en el siglo veinte, pero a  Roosevelt no le parecían increíbles ni condenables. Y es que en realidad nadie podía acusar  en esa época a Stalin de atacar básicamente al movimiento israelita.

La participación del judaísmo en ese régimen determinó el estrecho entendimiento
entre Roosevelt y la URSS y fue asimismo la causa de que los pueblos occidentales —contra sus propios intereses— fueran lanzados a aniquilar a Alemania para salvar al marxismo.  Entre el pueblo norteamericano —amante de la libertad, creyente, respetuoso de la vida humana— y el régimen sanguinario y ateísta de plebiscito Moscú, no existía ningún punto de contacto. Pero sí lo había entre el marxismo judío del Kremlin y los prominentes israelitas que rodeaban a Roosevelt. La lista es interminable, pero entre los más conocidos e influyentes, figuraron su inseparable consejero Bernard M. Baruch; el secretario del Tesoro, Henry Morgenthau; James P. Warburg, dueño del Banco Internacional Aceptance Bank Inc., de Nueva York; Félix Frankfurter, Brandéis y Cardozo en el Tribunal Supremo; Sol Bloom en la Comisión de Relaciones Extranjeras de la Cámara; Samuel Untermeyer en la presidencia de la Federación Mundial Económica Judía, Sam Rosenman, el rabino Stephen Wise y otros muchos.

El escritor norteamericano Robert E. Sherwood colaboró íntimamente en la Casa Blanca y refiere que el más cercano colaborador de Roosevelt era Harry Hopkins, educado políticamente por el israelita Dr. Steiner, y fue

” la segunda personalidad individual que de hecho dominó en los Estados Unidos durante el más crítico período de la guerra… Hopkins no vacilaba en aprovechar su íntimo contacto con el Presidente para favorecer sus intereses propios o los de las instituciones con las que tenía personal relación. Hopkins fue el hombre que gozó de la máxima confianza de Franklin D. Roosevelt. Por espacio de varios años fue los ojos, los oídos, y las piernas del Presidente, el instrumento casi anónimo de la voluntad de Roosevelt “.

 

Félix Frankfurter, judío nacido en Austria, descendiente de rabinos, era también del
grupo íntimo e influyente de Roosevelt. Desde muchos años antes se le identificó como
decidido partidario del marxismo; dirigía la Harvard Law School, vivero de jóvenes pro
soviéticos a los que luego acomodaba pródigamente en las diversas dependencias de la
administración. Además asesoraba a la “American Civil Liberties Union”, que era otro
centro de izquierdistas disfrazados.

El influyente juez Brandéis, también judío, mantenía constante contacto con Roosevelt
y se afirma que fue el padre intelectual del “New Deal” (plan económico-político de
Roosevelt para asegurar sus re elecciones mediante el dinero del pueblo).

El rabino Stephen Wise también formaba parte de ese grupo, como que desde septiembre de 1914 había apoyado decididamente a Roosevelt en sus primeros pasos
políticos.

Ahora bien, según el árbol genealógico investigado por el Dr. H. Laughlin, del Instituto Carnegie, Franklin D. Roosevelt pertenecía a la séptima generación del israelita Claes Martensen van Rosenvelt, emigrado de España a Holanda en 1620, como consecuencia de la expulsión de los judíos. Este informe fue publicado en 1933 en el “Daily Citizen”, de Tucson, Arizona. Posteriormente el “Washington Star” dio una información parecida al morir la madre de Roosevelt, Sarah Delano. Y el israelita A. Slomovitz publicó en el. “Detroit Jewish Chronicle” que los antepasados judíos de Roosevelt en el siglo. XVI residían en España y se apellidaban Rosa Campo.

 

Autor : Salvador Borrego Escalante.
Titulo: Derrota Mundial.
Última Edición, Cochabamba-Bolivia, en Abril de 2013.

Edición conmemorativa
al Autor. Edición homenaje.

 

Mucha gente, especialmente en Alemania y Austria, estaba interesada en
propagar la versión oficial de que toda la tragedia tiene su origen en las órdenes
dictadas por un loco. Sin embargo, hoy sabemos que las órdenes dadas en este sentido eran muy vagas.

Todos los documentos que relacionan de forma clara a Hitler con el trato de los judíos aparecen bajo la forma de una prohibición, desde el intento de golpe de Estado de la cervecería en NVOP (cuando llegó a castigar a un escuadrón nazi por haber saqueado una tienda judía de delikatessen) hasta NVQP y NVQQ. Si, en efecto, era un antisemita convencido, ¿cómo se supone que debemos interpretar la orden urgente dirigida «para su realización inmediata a todos los jefes comarcales» que anunció Rudolf Hess durante la infame noche de los cristales rotos de noviembre de NVPU y en donde se ordenaba el cese inmediato de tales atropellos «siguiendo instrucciones del más alto nivel»?

Algunos historiadores han cerrado los ojos con la esperanza de que este documento molesto e inoportuno se desvaneciera de alguna forma; pero a éste se han unido otros más, como la extraordinaria nota dictada por el Staatssekretár Schlegelberger en el Ministerio de Justicia del Reich en la primavera de NVQO: «El ministro del Reich, Lammers – asegura, refiriéndose al funcionario civil más importante al servicio de Hitler – me ha informado que el Führer ha insistido varias veces en aplazar la solución del problema judío para después de la guerra.»

 

 

DAVID IRVING.
El camino de la guerra
Una visión sorprendente y rigurosísima de
la Alemania de Hitler antes de la guerra. Pág. 25.

 

 

  • Lo que no hacían los políticos judíos en América y Rusia, Hitler lo hacía.

 

Mentira es que se silencien las fundadas sospechas de la provocación intencional de este
pogrom por la mencionada LICA, eligiéndose cuidadosamente para su estallido la noche del 9 de noviembre, fecha emblemática en la historia del Partido Nacionalsocialista.

Mentira es que se escamoteen arteramente los repudios públicos y privados, enérgicos todos, de los principales dirigentes nacionalsocialistas a aquella jornada de desmanes y tropelías, que incluyen declaraciones de Goebbels, Himmler, Hess y Friedrich de Schaumburg; así como órdenes expresas de reponer el orden y de castigar a los culpables, a cargo del mismo Hitler, de Viktor Lútze, jefe de las S.A, y del precitado Goebbels, en su famoso discurso de la madrugada del 10 de noviembre.
Mentira es que se omita el Protocolo del 16 de diciembre de 1938, firmado por el Ministro del Interior de Hitler, Dr. Whilhelm Frick, repudiando tajantemente el criminal atropello, no sin analizar seriamente sus reales motivaciones.

Mentira es que se hable de “ 1000 sinagogas destruidas ”, cuando no llegaron a 180, a manos de una chusma incalificable, y de “ 30.000 judíos encarcelados en campos de concentración ”, cuando 20.000 fueron los detenidos para su propia protección, y liberados pocos días después de aquella demencia nocturna, según consta en el Informe de R. Heydrich del 11 de noviembre de 1938, aceptado en el “juicio” de Nüremberg.

Mentira canallesca al fin, la que se asienta en el anuncio oficial de la invitación al recordatorio, y según la cual “el mundo se mantuvo en silencio”. En el mundo entero no se habló de otra cosa que de la supuesta barbarie germana, movilizándose más de 1500 diarios en 165 países, como bien lo relata Salvador Borrego. Hasta tal punto que con razón pudo decir Schopenhauer que “si se le pisa un pie a un judío en Frankfort, toda la prensa, desde Moscú hasta San Francisco, levanta vivas manifestaciones de dolor”.

Como consecuencia de la trágica noche — cuyo vilipendio no dejamos de subrayar — consiguiéronse ipso facto ventajosos acuerdos de emigración para los judíos alemanes hacia Palestina, lo que se consumó ese mismo año 1938, con un número aproximado de 117.000 hebreos.

El mismo Hitler envió a Hjalmar Schacht a Londres para que gestionara la recepción de 150.000 judíos, mientras el presidente Roosevelt reunió en Evian-les-Baine a representantes de 32 naciones para organizar la preservación de los hebreos.

Los tres objetivos sionistas se habían cumplido con creces : la difamación sin retorno del régimen nacionalsocialista, el principio del movimiento internacional que llevaría a la caída del Tercer Reich, y el abandono de su supuesta tierra natal, Alemania, de los israelitas allí radicados, trazándose cuidadosamante el plan de ocupar Palestina.

¿A quién benefició aquella noche de sangre y fuego?

¿Quiénes la armaron realmente, si los más destacados jerarcas del Nacionalsocialismo se quejaron amargamente de la misma y ordenaron su inmediato cese?

 

 

https://es.scribd.com/document/214297631/La-mentira-de-la-noche-de-los-cristales-rotos-Antonio-Caponetto-docx

 

La Famosa Propaganda ( de guerra ) :

 

The Daily Mirror – Saturday 20th October 1945 – page 3 “Betty Frankenbusch parece una saludable chica normal, pero ella pasó más de dos años en los campos de horror alemanes. El cuidado y la alimentación han eliminado todos los rastros externos de su sufrimiento – excepto uno.

INDELEBLEMENTE LA MARCA EN SU BRAZO ES UN NÚMERO DE LA CÁMARA DE GAS DE
BELSEN.

Betty, una chica judía, de Czechoslovakia, vió a su madre y su hermana ir a la cámara de gas, estuvo en el siguiente ‘turno’ para ser gaseada en Belsen cuando cuando fue liberada. Betty se está recuperando en Derby.”

Nota : Según la versión oficial actual no hubo cámaras de gas en Belsen.

 

Otros casos más :

Mary Beringer Goedken explicó a los buenos ciudadanos de Cedar Rapids el día de
Independencia del año 2001, sobre las proezas de su tío Curtis Kedley:

Cedar Rapids Gazette (Iowa), July 4, 2001, p.2B “El momento más aterrador llegó durante la Batalla del Volg, dijo, cuando los alemanes realizaron ‘terribles engaños.’
Los soldados alemanes se cambiaron la ropa por la de 45 soldados americanos muertos.
Entonces los alemanes pusieron a los soldados americanos muertos (vestidos como el enemigo) en las colinas y los plantaron encima de nieve amontonada. Los congelados solados americanos parecían soldados alemanes en una misión de vigilancia.
“Incluso los gatos callejeros, apareciendo inesperadamente fuera desde ninguna parte, podían ser aterradores. A veces, los soldados pensaban que los animales eran el enemigo y “disparaban a matar.” “Mi tío estuvo cerca de Buchenwald, la infame cámara de gas/campo de exterminio cerca de Weimar, Alemania, liberado por 3r ejército del General George S. Patton el 11 de abril de 1945.”

Nota : En Buchenwald según la versión oficial actual nunca hubo cámaras de gas.

 

 

Pero, es que los propios cazadores de ¨nazis¨ se contradecían coincidiendo con el gran resurgimiento de las obras científicas del Revisionismo del s. XX.

Simon Wiesenthal vuelve a confirmar :

” No hay campos de exterminio en suelo alemán “.

En una carta publicada en la edición de enero de las barras y estrellas, un periódico por el personal de servicio militar de los Estados Unidos, Simon Wiesenthal volvió a confirmar, de paso, que “no había campos de exterminio en suelo alemán” durante el Segunda Guerra Mundial. Él hizo la declaración idéntica en una carta publicada en la edición de abril de 1975 del British periódicas Libros y bookmen.

Mientras que la verdad de Wiesenthal palabras aquí se conoce desde hace años, esta declaración es importante, en primer lugar, porque está hecha por una figura de renombre internacional y supuestamente bien informado y de buena reputación, y, en segundo lugar, porque se confirma una vez más el punto de que los revisionistas han estado haciendo durante años. Lo que Wiesenthal no menciona, y lo que no se entiende ampliamente, es que también confirma implícitamente el drástico cambio que ha tenido lugar en los últimos años en la historia de la exterminación del Holocausto.

Lo que el “cazador de nazis” ahora dice que contrasta fuertemente con lo reclamado con autoridad en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. En el gran Tribunal de Nuremberg de 1945-1946, por ejemplo, los funcionarios gubernamentales aliados presentaron pruebas concluyentes, aparentemente para demostrar que los campos “en suelo alemán” – como Dachau y Buchenwald – eran centros de “exterminio”. Sir Hartley Shawcross, fiscal jefe británico en el principal proceso de Nuremberg, en consecuencia declaró en su discurso de clausura el 26 de julio de 1946, que “el asesinato [se] llevó a cabo con una industria de ejecución en masa en las cámaras de gas y los hornos” de Buchenwald, Dachau, Oranienburg – todos “en suelo alemán”-.

 

 

 

En “Cuestionando el Holocausto“, Eric Hunt, autor del documental “The Last Days of the Big Lie” (Los últimos días de la Gran Mentira), analiza exhaustivamente las afirmaciones sobre supuestas cámaras de gas en Bergen-Belsen, Majdanek o Dachau, así como diferentes filmaciones y fotografías utilizadas por los aliados para probar una supuesta política alemana de exterminio.

 

 

” No existe ningún documento firmado por Hitler, Himmler o Heydrich que hable de
exterminar a los judíos, Ia palabra exterminio no aparece en la carta de Goering a Heydrich relativa a la solución final de la cuestión judía. “

-Dr. Kubovy (judío), del Centro de Documentación de Tel Aviv, 1960.

 

“A pesar de las investigaciones de los más eruditos jamás se ha podido encontrar una orden de Hitler mandando exterminar a los judíos”

-Raymond Aron (judío) y François Furet, Sorbona, París, febrero de 1982.

 

“Hasta la fecha no se ha encontrado ninguna orden escrita de Hitler tendente a destruir a la comunidad judía europea, y, con toda seguridad, esta orden no fue dada jamás.”

– Walter Laqueur, historiador (judío) 1981.

 

“No existe en absoluto orden escrita de exterminación por gas en Auschwitz, tampoco existe orden de cesar en noviembre de 1944. Ni en el proceso de Núremberg, ni en el transcurso de los procesos locales, ni en el proceso de Höss en Cracovia, o de Eichmann en Israel, ni en los procesos de los comandantes de campos, ni en los de noviembre de 1966 (a agosto de 1975) en el proceso de Francfort se ha presentado la famosa orden firmada por Himmler, del 22 de noviembre de 1944, poniendo fin al exterminio de los judíos por el sistema del gas, la orden que pondría fin a la solución final”.

-Olga Wormser-Migot, historiadora JUDÍA, 1968.

 

“Yo estuve en los grandes campos de concentración en Alemania. Debo admitir sinceramente que en ningún campo he visto que pudiera parecerse a una cámara de gas.”

– Dr. Benedikt Kautsky (pasó 3 años en Auschwitz)

 

 

“Cuando las fuerzas estadounidenses y británicas tomaron Alemania occidental y central en la primavera de 1945, fueron seguidos por las tropas encargadas de descubrir y proteger cualquier evidencia de crímenes de guerra alemanes.

Entre ellos se encontraba el Dr. Charles Larson, uno de los patólogos forenses líderes de los Estados Unidos, que fue asignado al Departamento Juez del Ejército de EE.UU.
Como parte de un Equipo de Investigación de Crímenes de Guerra de EE.UU., el Dr. Larson realizo autopsias en Dachau y otros veinte campos alemanes, examinando en algunos días más de 100 cadáveres. Después de su trabajo sombrío en Dachau, fue interrogado durante tres días por los fiscales del Ejército de EE.UU.

¿Cuáles fueron los descubrimientos del Dr. Larson? En una entrevista con un diario en 1980, dijo:

“Lo que hemos escuchado es que seis millones de judíos fueron exterminados. Parte de eso es un engaño.” ¿Y qué parte era el engaño? El Dr. Larson, quien le dijo a su biógrafo que a su conocimiento el “fue el único patólogo forense de guardia en todo el teatro europeo” de las operaciones militares de los Aliados, confirmó que “nunca hubo un caso de [muerte por] gas venenoso descubierto.“

 

 

El terrible doctor Menguele.

El doctor Josef Menguele salvó la vida de miles de personas, incluyendo la de miles de judíos en el hospital del campo de concentración de Auschwitz, incluyendo la vida de Otto Frank (padre de Ana Frank) debido a esta innegable verdad, se tomó la decisión de ocultarla inventando miles de horrendas mentiras sobre experimentos y asesinatos supuestamente realizados por el doctor Mengele, de los cuales no existe ni una sola evidencia más que los falsos y contradictorios testimonios de judíos.

 

[ Sin duda, todo el mito o leyenda sobre el Holocausto Judío es una invención de La Masonería para crear un Estado propio sionista, y además para destruir al patriotismo occidental principalmente, no menos al mismo tiempo que afianzar en la política un Gobierno Mundial masón en todo el planeta. ]

 

 

 

JUDAISMO Y III REICH.

 

Es innegable que el enemigo número 1 del Judaísmo Internacional era, a principios de los  años treinta, Adolfo Hitler. El, y su Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán imputaban a los judíos alemanes la derrota de 1918 y hacían del antisemitismo político y racial uno de los “leit motiv” de su programa. Así, es de suponer el suspiro que debió exhalarse en las sinagogas de todo el mundo — y no solamente de Alemania — cuando el 8 de Noviembre de 1932 pudo leerse en Le Populaire, órgano oficial del Partido Socialista francés, esta frase de León Blum:

“Ahora ya se puede decir que Hitler está excluido del poder. Hasta me atrevería
a decir que está excluido de la esperanza de llegar al poder”.

Las antiparras del millonario socialista tenían los cristales empañados. Tres meses escasos  después de la publicación del artículo en cuestión, Hitler tomaba el poder. Y lo tomaba merced a una victoria electoral, de cuya pureza democrática nadie discutió. El 30 de Enero, Hitler era nombrado Canciller del Reich. El 7 de Abril se promulgaba la ley que introducía en el estatuto de los funcionarios la llamada “cláusula aria”, por la cual se denegaba a los ciudadanos israelitas la calidad de “ciudadanos alemanes”, quedando sometidos al régimen de extranjería,  quedando, por tal motivo, excluidos de las funciones públicas. El 25 de Abril se introducía el “numerus clausus” en las escuelas de enseñanza secundaria y en la Universidad. Unos días más tarde aparecían las prohibiciones a los judíos alemanes de dedicarse a determinadas profesiones, tales como abogados, periodistas, empleados de banca, y militares. Por otra parte, quedaban excluidos del Servicio Militar.

Los judíos prominentes — no todos ellos, pero sí la mayoría — emprenden el camino del destierro. En Londres, en Nueva York y en París encuentran a compatriotas — o, si se prefiere, corraciales — aterrados. Alemania había sido, hasta entonces, junto con Inglaterra y los Estados Unidos, una de las “tierras de Canaan” preferidas por los judíos. No solamente constituían allí una colonia numerosa, sino que, además, eran prácticamente omnipotentes. Sus capitanes de industria llevaban el timón de la industria — relativamente — y del comercio y la finanza — absolutamente — mientras sus profetas fabricaban la opinión de las masas obreras. Alemania era el país de Rothschild y del Sindicato Rhenano- Westfaliano, uno de los principales financiadores de la Revolución Rusa, era el país de Marx, de Engels y de Lasalle. Albert Ballin había sido el amigo y consejero de Guillermo II, aunque al final, según la opinión de Hindenburg, le traicionara. Rathenau, el magnate de las industrias eléctricas, había llegado a presidir el destino de una Alemania vencida .Y aún había hecho más. Había contribuido poderosamente a la consolidación del régimen soviético en Rusia con la firma del Tratado de Rapallo, verdadera traición a los intereses, no sólo de Alemania, sino de todo el Occidente. Y he aquí que ese país que se consideraba conquistado por Israel, he aquí que esa fortaleza de Judá, era el teatro de una serie de medidas discriminatorias contra los ciudadanos alemanes de origen racial judío.

 

Evidentemente, para juzgar los hechos hace falta una perspectiva histórica. No es válido  valorar una situación determinada, acaecida en un determinado país hace cuarenta y cinco años, basándonos en los criterios que los mass media han impuesto como “naturales” hogaño. Las medidas tomadas por Hitler y su régimen contra los Judíos alemanes podrán ser todo lo aberrantes que quiera. Pero lo que no admite discusión alguna es que, entonces, numerosos países tomaban medidas similares — o, en algunos casos, peores — contra determinados ciudadanos suyos por los motivos más dispares. Así, resulta que en la democrática Inglaterra, un Rey — Eduardo VIII — debía dimitir por pretender casarse con una divorciada. Pero si hubiera sido católico no hubiera sido, siquiera, coronado monarca. Y no sólo discriminaba contra divorciados y católicos la Corona inglesa; no sólo se impedía y se ponía trabas al libre ejercicio del derecho al voto — como se sigue haciendo hoy día — a los cafeínas del Ulster. En todo el Imperio Británico se ejercían discriminaciones contra millones de súbditos. Así, por ejemplo, en el Dominio de Sudáfrica, los matrimonios entre miembros de las distintas comunidades blanca, negra e india estaban prohibidos. En la Colonia del África del Sudoeste, una ley del 18 de Julio de 1934, y que continuó en vigor durante casi treinta anos, es decir, hasta mucho después de la muerte de Hitler, consideraba delito, no ya el matrimonio, sino las relaciones extra-conyugales entre blancos y negros, Imponiéndoles una pena de cinco años de cárcel o la expulsión del país.

En el Dominio de la India, existía — y, hasta cierto grado continúa existiendo hoy día – una complicada organización de castas; los parias, por ejemplo, tenían escasamente más derechos que un animal y hasta les estaba vedado cambiar de residencia sin permiso de sus amos. La situación de estos desgraciados, diez veces más numerosos que los Judíos en Alemania, era infinitamente peor; al fin y al cabo, a parte de estarle vedado el acceso a determinadas  profesiones por considerarles extranjeros, los Judíos gozaban de los demás derechos, incluidos el de libre desplazamiento. De hecho, lo que deseaban las autoridades alemanas era que migraran fuera del país. En todas las Colonias de Su Majestad estaba prohibido, por práctica y por ley, el acceso de los nativos a cargos políticos de algún relieve, y en el Dominio del Canadá se descriminaba y se continuaba discriminando hasta hace pocos años, contra la población francófona, a pesar de constituir casi el 40 % de la población.

En los Estados Unidos de América, otro bastión de la Democracia, a los indios aborígenes,
supervivientes del mayor “genocidio” colectivo del que habla la Historia, se les aparcaba en “reservas”, cobrándose una “entrada” a los que deseaban visitar aquel Zoológico humano. En trece estados del Sur de la Unión estaba prohibido por la Ley el matrimonio entre blancos y negros, a los que incluso se obligaba a viajar en compartimentos reservados y a comer en restaurantes separados. Los negros no podían mandar a sus hijos a las Universidades de los blancos ni podían ser elegidos representantes del Pueblo. Además, incluso les estaba prohibido, en nueve estados, el ejercicio del derecho al voto. Es más, en plena “Guerra de la Democracia”,  en Junio de 1944 estalló una huelga en el Estado de Ohio porque una fábrica de aereoplanos de doce mil obreros admitió por primen vez, a siete negros.

En los trece departamentos franceses de Argelia a los árabes aborígenes les estaba vetado el ejercicio del derecho de voto. No así a los “pied-noirs” blancos y a los judíos. En el territorio metropolitano estaba en vigor la llamada “Ley Marchandeau” que prohibía todo ataque especifico contra los judíos, de cualquier nacionalidad. Esa era una ley de privilegio, toda vez que la Ley francesa autorizaba cualquier ataque contra cualquier grupo racial, religioso, o nacional determinado.

En la llamada — sin sonreír — “Democracia” Soviética, la ley ejercía corta pisas
discriminatorias contra ciudadanos en razón de su posición social o religiosa. Para estudiar determinadas carreras en la Universidad era, — y continúa siendo — preciso pertenecer al Partido Comunista. Esta medida ya discrimina contra casi el noventa y cinco por ciento de los ciudadanos soviéticos. Por otra parte, y sancionadas o no por la Ley, existían numerosas prácticas corrientes en la vida política de aquélla singular democracia, no siendo la menor la llamada “Ingeniería Social” consistente en la mutación forzosa de poblaciones, tal como se hizo con dos millones de ucranianos en 1938 y con medio millón de alemanes del Volga, llevados en condiciones infrahumanas a Siberia, donde desaparecieron sin dejar rastro.

El cargo principal que hacían los alemanes a su comunidad judía consistía en la actitud de los líderes espirituales de la misma, denigradores de todo le alemán sin excepción alguna conocida y partidarios de la intangibilidad de Tratado de Versalles. Se quejaban, también, los jerarcas nazis, del absolutamente desproporcionado predominio de los judíos en la vida social y política de Alemania ( sin méritos propios ), de su control total de los partidos Marxistas y de su preponderancia en las estadísticas de delitos comunes y sociales. El régimen nacionalsocialista, en fin, abogaba por un estado ario al frente de una nación aria, entendiendo por “ario” blanco o “indoeuropeo”, y no necesariamente nórdico germánico como ha pretendido ex post tacto la propaganda aliadófila para indisponer a los alemanes junto con el resto de europeos. Un judío, era a todos los efectos, considerado, no-alemán, es decir, extranjero, y en todos le países del mundo se establecen una serie de medidas restrictivas contra los extranjeros.

 

No hay, pues, nada de extraordinario en las medidas excepcionales adopta- das por el
Nacional-Socialismo contra los judíos alemanes. Medidas, por otra parte, totalmente
democráticas, toda vez que la mayoría de alemanes que dieron sus votos a Hitler conocían perfectamente — no podían ignorarlos — los puntos programáticos del joven Partido; concretamente los puntos 4, 5, 6, 8,18 y 23 aducían a la supresión de la influencia judía y de su participación como co-nacionales en la vida estatal.

 

Los periódicos y emisoras de radio norteamericanas, francesas y rusas no decían nada — entonces — de nueve millones de negros, un millón de indios pieles rojas, siete millones de árabes argelinos y docenas de millones de rusos; lo único que turbaba la buena digestión de sus banquetes democráticos era la situación de medio millón de judíos alemanes los cuales, si no estaban aparcados en reservas y tenían muchos más derechos reconocidos que un paria, un negro y un soviético, sí podían emigrar a otros países, vedado esto a decenas de millones de  súbditos de países democráticos, empezando por la democracia soviética.

 

 

OFENSIVA DIPLOMÁTICA DEL SIONISMO CONTRA ALEMANIA

( Antes de la noche )

 

El 3 de Abril de 1933, el Canciller del Reich recibía un telegrama concebido en los siguientes términos : “Los representantes calificados de las organizaciones abajo firmantes  declaran al Gobierno del Reich están decididas a poner en marcha todas las medidas posibles de  represalias económicas y financieras, y especialmente a llevar a cabo y a generalizar el boycot sistemático de los productos alemanes, hasta que no se haya devuelto a los Judíos de Alemania todas las facilidades, que les han sido arrebatadas, de existencia moral, y no hayan  sido restituidos en la integridad de derechos de los demás ciudadanos alemanes.” Firmaban el documento, la Liga Internacional contra el Antisemitismo; un titulado Comité de Defensa de los Judíos Perseguidos en Alemania; el Comité Francés en Pro del Congreso Mundial Judío y la Asociación de Antiguos Combatientes Voluntarios Judíos.

A principios de 1934, en Nueva York, Samuel Untermeyer crea un organismo supranacional denominado “Boycot Internacional contra los Productos Alemanes”, que empieza a actuar con notable eficacia. El sionista Untermeyer afirmaba representar a más de dos docenas de asociaciones judías de veintisiete naciones, cuyos miembros totalizaban ocho millones. El tal Untermeyer se movió, durante años, a través de más de medio mundo; con discreción en algunos países, sin ella en otros, como en Inglaterra, Francia y los Estados Unidos.

El Gobierno Alemán hubiera estado en su perfecto derecho al presentar notas de protesta diplomática, pero no lo hizo. Casi simultáneamente, la titulada “Conferencia Nacional de Judíos y Cristianos”, reunida en Nueva York bajo la doble presidencia del Gentil Carlton J. Hayes y del Judio Roger W. Strauss, organizaba un boycot contra las líneas marítimas y compañías de viajes alemanas, así como un comité para “vigilar las actividades de los norteamericanos de origen alemán en los Estados Unidos.” Las declaraciones de personajes judíos de auténtico rango y representatividad, en contra de Alemania y su régimen son innumerables. El Rabino Stephen Wise, sionista y miembro del “Brains Trust” del Presidente Roosevelt, manifestó, el 8 de Mayo  de 1933: “Soy partidario de la Guerra Santa contra Hitler. ¡Quiero la Guerra!”

 

En Francia, los emigrados Judíos también alborotan lo suyo, desde escritorzuelos como Remarque y Arnold Zweig hasta autores de categoría, como Thomas Mann, pasando por científicos de innegable relieve, como Albert Einstein. Victor Basch, un hebreo de nacionalidad francesa, que ostenta la presidencia de la “Liga Mundial de la Paz”, organización cripto- comunista, insulta groseramente a Hitler y le vaticina que, lo quiera o no, tendrá una guerra antes de cinco años. Basch, ciudadano francés, está cometiendo un delito de acuerdo con el Código Penal del país en que reside, al insultar a un jefe de Estado extranjero con el que su (¿su?) patria mantiene relaciones diplomáticas normales. Pero la Justicia Francesa le deja tranquilo.

La Embajada Alemana se limita a cursar una protesta formal a la que el Quai d’ Orsay
ni se digna contestar. En Inglaterra, el Capitán Sean, un judío, arranca la corona que un emisario de Hitler ha colocado en el monumento a los muertos en la Primera Guerra Mundial, y la arroja al Tamesis. De acuerdo con el Código Civil, el Penal y el de Justicia Militar vigentes en el Reino Unido en aquél entonces, a ese Capitán le correspondían, como mínimo, seis meses de arresto. En lugar de ello, unos días después logra un ascenso en el escalafón. Es Ministro de la  Guerra del Imperio Hore Belisha, un judío; el primero de su raza que logra alcanzar tal rango.

Las provocaciones son constantes y, por lo que atañe a la comunidad judía de Alemania,  no sirven más que para agravar su situación. Los nazis en efecto, afirman que, tal como aseguraba Herzl, el padre del Sionismo moderno, e infinidad de prohombres de su raza, el judío es, antes que nada y por encima de todo, judío, independientemente de su nacionalidad de pasaporte. Se comprenden las protestas de los judíos alemanes contra el Nazismo; puede, hilando muy delgado, admitirse una corriente de simpatía de los judíos del resto del mundo hacia los judíos alemanes y, por vía de consecuencia, de antipatía, contra el gobierno legal de Alemania. Pero lo que no puede admitirse, desde el punto de vista de un patriota holandés belga, francés, inglés o turco, es que un conciudadano suyo, por el mero hecho de pertenecer a la comunidad judía, pretenda involucrar a su patria oficial en sus querellas supra-nacionales con otro país.

 

” La lucha contra Alemania ha sido llevada a cabo desde hace varios meses por
cada comunidad, conferencia y organización comercial Judía en todo el mundo.
Vamos a desencadenar una guerra espiritual y material en todo el mundo contra
Alemania”.

 

Se trata de una confesión de talla, hecha por una figura política de talla, al menos en el
mundillo político Judío. En el curso de 1934 se intensificó la ofensiva sionista contra Alemania.
Esta ofensiva era multilateral, abarcando las más variadas facetas. Desde la elaboración de listas negras de empresas que trabajaban con Alemania, hasta el boycot contra la participación de un equipo de atletas alemanes en un torneo londinense ( — 13 — 5 ). David A. Brown (a) Braunstein, Presidente de la “United Jewish Campaign” en los Estados Unidos dijo al escritor Edmondsson: “Los Judíos vamos a hacer la guerra sin cuartel a Alemania” ( 6 ).

 

 

LA ” KRISTALLHACHT “

El problema judío aparece constantemente, como un telón de fondo, en la azarosa época que nos ocupa. No sólo en razón de la influencia y el rol de- terminante – según unos – o secundario – según otros – jugado por ciertos personajes israelitas, sino también por el peso específico de la Comunidad Judía en general y su implicación en la vida política de los pueblos en que está radicada.

Hemos visto como, pese al fracaso de la Conferencia de Evian, las esperanzas de arreglo – más o menos racional; más o menos justo – persistían. Ahora bien, esas últimas esperanzas se desvanecieron con ocasión del asesinato del Tercer Secretario de Embajada del Reich en Paris, von Rath, por un joven isrealita polaco, llamado Herschel Grynzspan, el 7 de Noviembre de  1938. Se ha pretendido que tal asesinato no tenía nada de político y que no se trataba, en el fondo, más que de un banal asunto de “malas costumbres”. En todo caso, se ha dicho, Grynzspan actuó por su propia iniciativa. Cuesta mucho creerlo. Lo mismo se dijo de Gavrilo Prinzip y de sus cómplices cuando asesinaron al Archiduque Fernando y luego se demostró que se trataba de una vasta conjunción política. Se trata de una regla general para los asesinatos políticos: son todos ellos – sin más excepciones que las rarísimas que confirman la regla – concertados, preparados y la mano del asesino o asesinos es, siempre, dirigida por grupos políticos. En todo caso, existe la confirmación del propio asesino, Grynzspan, que confesó que no tenía la intención de asesinar al Tercer Secretario de Embajada, von Rath, sino al mismo Embajador de Alemania en París.

 

No era von Rath el primer funcionario nazi asesinado por judíos fuera de Alemania. Ya el 4 de Febrero de 1936. Wilhelm Gustlof, Jefe del Grupo Nacionalsocialista de Alemania residentes en Suiza fue asesinado por el hebreo Frankfurter. Y citaremos, pour mémoire, que Horst Wessel, el legendario héroe nazi, miembro de las S.A. fue igualmente asesinado por un Judío afiliado al Partido Comunista Alemán. También conviene tener presente que el Coronel Konovaletz, líder de los nacionalistas ucranianos, y protegido por el Reich, fue asesinado unas semanas antes del atentado contra von Rath y también en esta ocasión el victimario fue un hebreo, miembro de la G.P.U., llamado Wallach. La muerte de Konovaletz contrarió enormemente a Hitler, dada la personalidad del líder ucraniano, con la que contaba el Fúhrer en  sus planes de la Drang nach Osten ( 96 ).
Al conocerse la noticia del asesinato de von Rath, Alemania entera parece explotar. En
Berlín, Munich, Nurenberg, Leipzig, Frankfurt, Colonia y Hamburgo, numerosas sinagogas son incendiadas, almacenes judíos arrasados y pillados. Parece fuera de toda duda razonable que la indignación popular fue canalizada por las S.A. La Kristallnacht se produjo tres días despues de los disparos de Grynzspan en París; diríase que es demasiado tiempo para poder creer en una cólera incontrolada del pueblo alemán. Cólera, sí; sin duda. Pero no incontrolada. Todos los indicios llevan a creer que Goebbels y Himmler apadrinaron la idea; a la que era contrario Goering. No obstante, fue el propio Goering quien, dos días después, imponía a la comunidad judía de Alemania una multa colectiva de mil millones de marcos. Goering hace más. Decide que, a partir del 1 de Enero de 1939, los Judíos alemanes no podrán dedicarse al comercio al detalle, ni ser jefes de empresa ni artesanos independientes. Goebbels, por su parte, les prohíbe el acceso a las salas de espectáculos ( 97 ). Como los almacenes judíos habían sido la primera diana de los manifestantes, esa noche recibió el nombre de Kristallnacht (noche de cristal). 815  vitrinas de almacenes fueron ¨destruidas¨, así como 171 domicilios judíos, 276 sinagogas, otros 14 monumentos de las comunidades israelitas. Hubo 36 judíos muertos y otros 36 heridos. Fueron detenidos – en muchos casos para evitar que fueran lapidados – unos 20.000 Judíos, así como 7 arios y otros 3 arios de nacionalidad no alemana ( 98 ).

Las autoridades principales del III Reich negaron siempre haber organizado esas
manifestaciones y autorizado el cariz que tomaron luego. Naturalmente, no se les puede hacer un “proceso de intención”. De tal clase de procesos ya hubo demasiados en Nurenberg. No obstante, según las apariencias, por lo menos, los aludidos altos jerarcas nazis parecen decir la verdad. He aquí como se desarrollaron los acontecimientos: El 9 de Noviembre de 1938, los principales miembros del Partido y del Gobierno se encontraban reunidos en Munich para conmemorar el “putsch” de 1923. Al atardecer, Goebbels fue informado que se habían llevado a cabo graves demostraciones antijudías en diversos lugares de Alemania, pero sobre todo en las provincias de Hesse y de Magdeburgo. Tras un breve coloquio entre Hitler y los principales dignatarios del Partido, Heydrich envió un telegrama a todas las comisarías de Policía de Alemania, ordenándoles de ponerse en contacto con los jefes regionales del Partido  Nacionalsocialista para que los judíos no fuesen molestados y sus propiedades respetadas ().

En cuanto a Julius Streicher, que se había ausentado de Munich anticipadamente debido a una indisposición, no se enteró de los sucesos hasta el día 10 por la mañana. El día 12 de Noviembre, por orden de Hitler, Goering reunió en una conferencia interministerial a representantes de los principales ministerios implicados en el asunto: Goeebels (Propaganda), Heydrich (Policía y Seguridad), Schwerin von Krosigk (Finanzas), Funck (Economía), Frick (Interior). Bien por  razones materiales, como Goering, que afirmaba que los perjudicados no serían los Judíos sino las compañías de seguros alemanas – bien por razones morales, todos los presentes condenaron, no las manifestaciones en sí, sino el modo cómo habían degenerado en una explosión de pillaje y linchamientos. Todos los presentes, excepto el doctor Goebbels, que las excusó.

Ya hemos aludido a las medidas de tipo económico que, tras la Kristallnacht se tomaron
contra los Judíos, por decisión de Goering y de Goebbels. Estas medidas parecen injustas – para nosotros, lo son – por parecerse demasiado a un garrotazo de ciego.

Evidentemente, lo que sucedió fué que el Gobierno Alemán, o, más exactamente, dos o a lo sumo tres de sus  miembros, Goebbels, Himmler y tal vez Heydrich, quisieron organizar una manifestación espontánea para intentar intimidar a los sionistas de Nueva York y Londres, dándoles a entender que sus correligionarios aún residentes en Alemania lo pasarían mal si continuaban las provocaciones y los asesinatos de personalidades alemanas en el Extranjero. Luego, como suele suceder, la masa se desmandó y sobrevino la tragedia. La caja de Pandora.  Naturalmente, se tomaron medidas severísimas contra 174 miembros del Partido, especialmente de las S.A., así como seis comisarios de policía, que fueron mandados a campos de concentración. Los tribunales procedieron igualmente a dos condenas de muerte por homicidio, pero les fue conmutada la pena capital por la de reclusión perpetua. Tomamos esta aseveración del escritor alemán Roth, antinazi, en su obra Konzentrazionlagern. El asesinato de von Rath obtuvo los resultados perseguidos. Los objetívos fijados por los autores o inductores de la provocación fueron plenamente alcanzados. El Presidente Roosevelt se apresuró a aprovechar  ese pretexto para intervenir nuevamente en los asuntos europeos ( — 58 — 100 ). La Gran Prensa orquestó una campaña a nivel mundial.

Dice, a este respecto, Paúl Rassinier :

“El asesinato del tercer secretario de la Embajada de Alemania en París, había,
así, obtenido resultados análogos a los que obtendrían más tarde, bajo la ocupación
alemana de Francia, aquellos singulares “resistentes” que sólo provocaban el arresto
de centenares de rehenes y una agravación del Estatuto de Ocupación cuando
dinamitaban una farmacia o una cafetería, o asesinaban a un soldado alemán en una
callejuela desierta…. Tras el 7 de Noviembre de 1938, la vida de los Judíos alemanes,
que unas negociaciones internacionales, sobre bases razonables habría podido ser
salvada, se hizo más difícil, a causa de su exclusión definitiva de la vida económica del
país, las expropiaciones, las multas colectivas y finalmente, los campos de
concentración ” ( 101 ).

Suscribimos totalmente el punto de vista de Rassinier. Y nos permitimos añadir que, para
el Sionismo, el empeoramiento drástico de las condiciones de vida de los Judíos alemanes, era un problema secundario. Toda guerra conlleva sus victimas, y el Sionismo, en guerra declarada con Alemania, debía contar con ello. En un momento en que los Acuerdos de Munich colocaban a Europa en el camino de la paz y autorizaban todas las esperanzas, al menos en el Este, las consecuencias del asesinato de von Rath por el joven Grynzspan coincidían demasiado con los objetivos perseguidos por el sionismo para aceptar alegremente que todo se debía a una coincidencia.

 

[ Los cristales han podido ser rotos, pero parece ser, que, más precisamente los de algunos observadores con lentes de aumento que han creido difundir el discurso antogónico por unos miserables dólares o rublos antes que la verdad científica, aunque ello signifique que otras personas puedan acabar encarcelados ].

 

 

Joaquín Bochaca : LOS CRÍMENES DE LOS “BUENOS”

 

 

 

 

3 comentarios sobre “La noche de los cristales rotos – ( ” KRISTALLHACHT ” )

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